La ceniza volcánica confunde a los reactores de los aviones

Cuando un volcán entra en actividad, se produce también una erupción explosiva, que fragmenta la lava en micropartículas y la proyecta a la atmósfera. A veces alcanzan, incluso, la alta atmósfera y pueden permanecer largo tiempo en suspensión. “Tras la erupción del monte Pinatubo, en Filipinas, en 1991, sus cenizas llegaron a dar la vuelta al mundo y eran perceptibles muchos meses después del desastre”, recuerda Martí, “aquel desastre tuvo consecuencias incluso climáticas, porque hizo descender la temperatura global”.

El problema que se plantea para los aviones es que sus radares, a diferencia de lo que ocurre con otros fenómenos meteorológicos, no detectan la situación de la ceniza. Las partículas penetran a gran velocidad en los reactores de la nave. Éstos reaccionan, detectan una situación anormal y envían instrucciones erróneas al piloto. Las señales erróneas pueden provocar respuestas erróneas y causar un grave problema de seguridad.

El transporte de las cenizas volcánicas depende de los vientos, por eso es relativamente impredecible. Para ello existen unos centros de aviso de cenizas, los Volcanic Ash Advisory Centers (VAAC), que se ocupan de estudiar la situación atmosférica diariamente y de lanzar la alarma si surgen problemas. Hay nueve centros de avisos de cenizas volcánicas en el mundo: Londres, Toulouse, Washington, Buenos Aires, Wellington, Darwin, Montreal, Anchorage y Tokio.

Una vez el aeropuerto ha recibido el aviso de los VAAC, se ponen en marcha los protocolos que permitirán a los pilotos cambiar la trayectoria del avión para evitar las nubes de ceniza. Si la densidad de la nube no permite rodear las zonas de peligro, se procede a cancelar los vuelos. Eso es precisamente lo que ha sucedido este jueves en el norte de Europa.

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